Cristina Bohórquez y sus cuatro hijos exploran la educación por fuera de las aulas de clase. Es una tendencia para formar seres humanos comprometidos con su propia realidad.

Textos Heberto Amor Beltrán
Fotos: Nairo Morales

«Mi educación era muy buena hasta que el colegio me la dañó», esa frase forma parte de alguno de los diálogos de Facundo Cabral durante la gira denominada «Lo Cortez no quita lo Cabral».

Aplicada a la historia de Cristina Bohórquez de González, una abogada bogotana, casada con el arquitecto y profesor universitario Daniel González, quienes por circunstancias laborales y familiares se trasladaron a Barranquilla, cobra vigencia emocional al observar la disciplina con la que han formado a sus hijos.

Los niños Juan Felipe, Inés, Elisa y Sofía, no van a una institución educativa convencional, para formarse como ciudadanos y emprendedores asisten a actividades lúdicas y jornadas de socialización de saberes, en medio de la experiencia que se genera de manera directa en su actuar cotidiano.
Tienen un coeficiente intelectual que supera el promedio de los niños de su edad, sin que por ello se les califique de superdotados.

A nivel mundial esta forma de interactuación experimental es denominada «homeschool», escuela en casa y en la Región Caribe además existen muchas familias que incursionaron en este sistema de vida, que defiende la iniciativa autónoma de los niños para que desarrollen sus talentos.

En este método de enseñanza empírica, los niños trascienden la esfera de lo convencional y se ubican en una dimensión universal, que les permite abrirse al mundo sin las limitaciones que impone el sistema tradicional educativo.

«Inicialmente adopté el método «HomeSchool», pero me di cuenta que estaba equivocada porque me convertí en la maestra de mis hijos y eso también los limitaba por mis propios temores y experiencia formativa convencional», afirma Cristina, quien es abogada y se formó en una universidad bajo el método presencial.

Cristina sostiene que es hora de atreverse a ensayar otro método por lo que practican el sistema «lifeschooling» que se aparte de los patrones tradicionales, en los que se miden supuestos avances de la formación a partir de unas calificaciones excluyentes.

«Ese sistema que establece que un niño o un educando es bueno para las matemáticas porque sacó buenas notas en esa disciplina del saber no siempre es favorable, en la vida eso no funciona así, lo que realmente potencializa al ser humano es el contacto con la realidad, sin moldes excluyentes», advierte la joven profesional que en sus redes se identifica como @mamade4pollos.

«Más allá de pregonar el método lifeschooling, me gusta decir que soy abanderada de la educación en familia, me gusta hacer apología al proceso para que los padres se apoderen del beneficio y la bendición que significa poder formar a sus hijos sin delegar a otros su educación. No es oponerse a que vayan a una escuela, es participar activamente con ellos en su proceso de formación», advierte Cristina para aclarar que no es un sistema de anarquía, por el contrario es un aporte a la sociedad a través de los hijos.

Es que da gusto encontrarse con esta familia que actúa siempre de manera grupal en sus actividades de contacto con la sociedad.

Los encontramos a los cinco, Cristina y sus cuatro pollos, sentados en la primera fila del auditorio de la Universidad del Norte, observando y participando del panel sobre periodismo en el que se debatía la actualidad de los medios y periodistas tradicionales, con respecto al periodismo digital y las redes sociales.

Asisten a actividades de emprendimiento organizadas por ellos mismos, dónde aprenden de las experiencias de los empresarios y emprendedores de la ciudad; así como pueden igualmente participar de cualquier simposio o conferencia relacionados con aspectos científicos o culturales.

Es que apasiona ver a estos niños en plena actividad. Juan Felipe de 11 años interpreta perfectamente la viola, al tiempo que enseña a sus hermanitas algunos de los conocimientos básicos que adquirió en matemáticas y otras disciplinas.

Inés, una encantadora niña de 10 años interpreta magistralmente el violín, al igual que su hermanita menor Elisa de solo seis años, mientras que Sofía con ocho años de edad optó especialmente por el violonchelo.

Estos cuatro pollos están al ruedo, van por la vida listos para narrar su propia historia y contarle al mundo como sobrevivir en medio de los convencionalismos, construyendo una sociedad con mejores seres humanos y menos frustraciones formativas.

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