Acaban de recibir la indemnización y con ese dinero planean comprar elementos nuevos y avanzar en la tecnificación del negocio de productos alimenticios que distribuyen en la ciudad.

Pedro* es un hombre de campo: su niñez y juventud las pasó aprendiendo y ejecutando labores agrícolas en tierras del Cesar junto a la familia. De adulto decidió arrendar una finca para dedicarse a la ganadería, al lado de su amada Rosa*, una mujer que lo ha hecho feliz.

Juntos sufrieron el desplazamiento forzado. Una noche de septiembre debieron abandonar la finca que con esfuerzo habían logrado hacer prosperar cerca a Becerril (Cesar) y se trasladaron a Barranquilla sin más equipaje que sus sueños frustrados por la violencia. Un bus interdepartamental, de los que siempre van abarrotados y cobran barato, los llevó hasta la capital del Atlántico en donde pudieron salvar sus vidas y la del pequeño hijo que viajó en sus brazos como única compañía.

Como pudo, Pedro se las ingenió y logró que su mujer y su hijo se quedaran temporalmente en una pequeña pieza, alojados por una familia que los acogió en un gesto de solidaridad. Los días y las noches de Pedro se volvieron tormentosos al tener que vivir en la calle, dormir en el suelo tirado al andén de una famosa estación de gasolina en la que el empleado nocturno le permitía quedarse a pasar las noches lluviosas y frías, arriesgando su integridad.

Hoy Rosa llora al contar la historia. Pasaban días sin conseguir un peso, hasta que un buen samaritano alojó a Pedro en el garaje de una casa ubicada en un barrio de la ciudad, es una zona residencial estrato 4 en donde el nivel socioeconómico de los habitantes contribuye al funcionamiento de emprendimientos con futuro. Su benefactor no solo le permitió quedarse; le prestó utensilios y materia prima para que se dedicara a la venta de arepas asadas en la terraza de la vivienda, en donde amasó sus sueños con toda la energía que le daba esa nueva oportunidad y logró vender 20 arepas.

«Imagínese usted, de haber pasado días sin comer y tener los bolsillos vacíos, ahora podía contar con un punto de inicio y dinero en efectivo para seguir produciendo, creo que Dios me habló como siempre lo ha hecho a lo largo de mi vida», señala el hombre que ahora se considera por segunda vez afortunado.

En menos de una semana multiplicó por cuatro sus ventas y estuvo listo para traerse a Rosa y a su pequeño hijo a hacerle compañía. Ya no solo vende arepas, el negocio ha crecido de manera exponencial y las utilidades alcanzan para tener a su hijo en el colegio de la zona, pagar arriendo y servicios públicos además de aspirar a una vivienda propia con lo que ha trabajado estos años.

Hace poco fue indemnizado por la Unidad para la Atención y Reparación a las Víctimas, en una de las jornadas organizadas en el Atlántico. El dinero recibido le sirvió para comprar elementos nuevos, con los cuales avanza en la tecnificación del negocio de productos alimenticios que distribuye en la ciudad. La clientela ha crecido y sin tener domicilios hay una demanda abundante por sus productos que incluye los pasabocas de harina, empanadas, arepas de queso, deditos, tortas para fiesta, panadería y delicatesen.

En medio de su historia de éxito los miedos siguen latentes. Creer en Dios y confiar en las instituciones es una ventaja, porque sueña con que algún día los más de nueve millones de colombianos que hasta hoy han sido registrados como víctimas de la violencia puedan contar su historia, recuperarse como él lo ha hecho y espera que Colombia pueda entender la magnitud de una tragedia que nunca debió existir.

«Paso a paso, de a poquito aquí vamos saliendo de una crisis en la que hay esperanzas para todos», afirma Pedro al despedirse apretando fuerte la mano y abrazando con ternura a su amada Rosa la que hoy, junto a su hijo, lo hace sentir por siempre afortunado.

*Nombres alterados por petición de las víctimas

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